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.Se trataba evidentemente de una rareza, algo surgido de ese mundo siglos demasiado tarde., o demasiado temprano.Pero en realidad no necesitaba una excusa, y su vacilación fue sólo momentánea.Tendió la mano, cogió el tallo, y dio un fuerte tirón.La flor salió con facilidad.Recogió asimismo dos de las hojas antes de comenzar a retroceder con lentitud a través del enrejado.Ahora que sólo disponía de una mano libre, el progreso le resultaba difícil en extremo, hasta penoso, y pronto tuvo que detenerse para recuperar el aliento.Fue entonces cuando observó que las hojas plumosas que quedaban en la extraña planta se cerraban, y que el tallo despojado de la flor se contraía poco a poco desprendiéndose de sus sostenes.Mientras miraba, con una mezcla de fascinación y congoja, vio que toda la planta iba desapareciendo en el suelo, semejante a una víbora herida de muerte que se arrastraba al interior de su agujero.«He asesinado algo hermoso», se dijo Jimmy.Pero no era menos cierto que Rama le había matado a él.Sólo estaba recogiendo lo que le era debido.Velocidad terminalEl comandante Norton nunca había perdido a un hombre, y no tenía intención de perder uno ahora.Aun antes de que Jimmy hubiera partido hacia el Polo Sur, él ya estaba pensando en formas y medios para rescatarlo en caso de accidente.El problema, empero, se presentaba tan difícil que no halló la respuesta deseada.Lo único que consiguió hacer fue eliminar toda solución obvia.¿Cómo trepa un hombre una escarpa vertical de medio kilómetro, aun a una gravedad reducida? Con el equipo adecuado y entrenamiento, sería fácil.Pero no había herramientas necesarias a bordo del Endeavour, y a nadie se le ocurría ninguna forma práctica de poner los cientos de clavos largos necesarios, en esa durísima superficie especular.Norton consideró brevemente otras soluciones más exóticas, y algunas francamente descabelladas.Tal vez un chimpancé, provisto de almohadones de succión, pudiera realizar el ascenso.Pero aun si este plan era práctico, ¿cuánto tiempo se tardaría en fabricar y probar un equipo semejante, y enseñar a un chimpancé a utilizarlo? Él dudaba que un hombre poseyera la fuerza precisa para realizar la hazaña.Luego estaba la tecnología más avanzada.Las unidades de propulsión Eva eran tentadoras, pero su empuje sería demasiado débil ya que habían sido diseñados para operar en gravedad cero.No podrían levantar el peso de un hombre, ni aun en la modesta gravedad de Rama.¿Y si enviaban un Eva de control automático que llevara una soga de rescate? Expuso la idea al sargento Myron, quien la vetó inmediatamente.Había, señaló el ingeniero, graves problemas de estabilidad; podrían tal vez ser resueltos, pero se tardaría mucho tiempo, mucho más del que podían disponer.¿Y un globo aerostático? Parecía haber allí una débil posibilidad, siempre y cuando pudieran idear una envoltura y una fuente de calor suficientemente segura.Esta fue la única solución posible que Norton no descartó cuando el problema dejó de ser teórico y se convirtió en asunto de vida o muerte para un hombre, dominando las noticias transmitidas en todos los mundos habitados.Mientras Jimmy hacia su recorrido a lo largo de la orilla del mar, la mitad de los cerebros privilegiados del sistema solar estaban tratando de salvarlo.En el Cuartel General de la Flota se consideraban todas las sugerencias, pero a lo sumo una entre mil se remitían al Endeavour.Las del doctor Carlisle Perera llegaron dos veces; la primera por la propia cadena de Exploración del Espacio, y la segunda vía Planetcom, Prioridad Rama.Le había supuesto al distinguido científico aproximadamente cinco minutos de reflexión y una millonésima de segundo de tiempo de computadora.Al principio, Norton pensó que se trataba de una broma del peor gusto.Luego leyó el nombre del remitente y los cálculos que acompañaban el mensaje, y lo pensó mejor.Tendió el mensaje a Karl Mercer.—¿Qué piensas de esto? —preguntó, procurando que su voz sonara indiferente.Karl lo leyó con rapidez y luego exclamó:—¡Bueno, que me cuelguen! Tiene razón, por supuesto.—¿Estás seguro?—Perera acertó con lo de la tormenta, ¿no es así? Nosotros mismos debimos pensar en algo así.Me hace sentirme tonto.—No sólo a ti.El siguiente problema es, ¿cómo se lo decimos a Jimmy?—No creo que debamos hacerlo., hasta el último minuto posible.Así lo preferiría yo si estuviese en su lugar.Dígale simplemente que nos ponemos en camino.Aunque abarcaba con la mirada todo el ancho del Mar Cilíndrico, y conocía la dirección por la que se acercaría la balsa Resolution, Jimmy no avistó la pequeña embarcación hasta que hubo pasado Nueva York.Parecía increíble que pudiera cargar a seis hombres y cualquier equipo que hubieran traído para rescatarlo.Cuando sólo estuvo a un kilómetro de distancia, reconoció al comandante Norton y comenzó a saludar con la mano en el aire.Poco después el comandante le veía a su vez y hacía otro tanto.—Me alegro de comprobar que su estado es bueno, Jimmy —transmitió—.Le prometí que no le dejaríamos en la estacada.¿Me cree ahora?No del todo, pensó Jimmy.Hasta este momento había estado preguntándose si todo eso no formaba parte de un bondadoso plan para mantener alta su moral.Pero el comandante no hubiera cruzado el mar tan sólo para decirle adiós.Debía haber urdido algo.—Lo creeré cuando esté ahí abajo con ustedes, jefe —respondió— ¿Ahora, quiere explicarme cómo saldré de aquí?La Resolution estaba llegando a unos cien metros de la base de la escarpa.Hasta donde Jimmy podía ver, no cargaba ningún equipo extra, aunque no estaba muy seguro respecto a lo que había esperado ver.—Siento no haberle dicho nada hasta este momento, Jimmy, pero la verdad es que no queríamos preocuparle demasiado.Ahora bien, eso sonaba siniestro.¿Qué diablos quería significar el jefe?La balsa se detuvo cincuenta metros más afuera y quinientos más abajo.Jimmy tuvo casi una visión a vuelo de pájaro del comandante, cuando éste habló por su micrófono.—Es esto, Jimmy.No correrá el menor peligro, pero deberá tener nervios de acero.Nosotros sabemos que los tiene de sobra.Bueno.ahí va: tiene que saltar.—¡Quinientos metros!—Sí, pero sólo a medio «g».—¡Ajá! ¿Ha dado usted alguna vez un salto de doscientos cincuenta metros en la Tierra, jefe?—Cállese, o le cancelaré la próxima licencia.Usted mismo debió pensar en ello.Es sólo una cuestión de velocidad terminal.En esta atmósfera no puede alcanzar más que noventa kilómetros por hora, ya caiga desde doscientos metros o de dos mil.Noventa es tal vez demasiado para sentirse cómodo, pero podemos reducirla aún más.Le diré lo que deberá hacer: escuche con atención.—Sí, jefe —dijo Jimmy—.Eso será lo mejor.No volvió a interrumpir al comandante y no hizo ningún comentario cuando Norton hubo terminado.Sí, tenía sentido, y era tan absurdamente sencillo que sólo a un genio podía ocurrírsele.Y tal vez a alguien que no esperaba tener que hacerlo él [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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