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.Hasta que no haya efectuado una cura, no hay por qué hablar de compensación.Si lo logro, y cuando lo logre, examinaremos la situación a la luz de las circunstancias que sean aplicables entonces.Apaciguada por los modales refinados y cortesanos de Da'ud, Toda asintió, manifestando silenciosamente su aprobación.Da'ud se dirigió entonces a ella directamente y le dijo:—Señora, he de pediros que me dejéis solo con Su Majestad.—¿Solo?—Sí, señora.Prefiero hablar confidencialmente con mis pacientes.—¡Qué descaro tan ofensivo! Conozco al muchacho mejor de lo que él se conoce a sí mismo.—Tal vez sea así, pero no obstante he de insistir.—¡Tu arrogancia es intolerable, jovencito! Me niego a dejar a mi nieto solo y sin protección.¿Qué pasa si le ocurre algo?Al oír esto Da'ud se puso rígido y con helada dignidad le hizo frente a Toda.—Señora, o ponéis vuestra confianza en mí o no la ponéis.Como lo segundo parece ser lo más probable, no me queda otra opción que regresar a Córdoba inmediatamente.Haced el favor de dar órdenes a vuestros escuderos de que ensillen mi caballo.—Eso no va a ser necesario —interrumpió Toda.Dándose bruscamente la vuelta salió de la sala sin decir una palabra más.—Vamos a ver, Vuestra Majestad —dijo Da'ud, volviéndose afablemente hacia su real paciente—.¿Nos damos un paseo juntos por las almenas para disfrutar de la luz del sol de esta bella primavera?—A mí no me gusta andar.—¿Qué es lo que os gusta?—Comer, dormir y contar el dinero en mis arcas.—¿Cuántos años tenéis?—Diecisiete.—Aparte del petit mal, ¿padecéis alguna otra enfermedad?—No.—¿Dolores de estómago, un poco de flatulencia de vez en cuando?—Algunas veces.—¿Con qué frecuencia os aflige el petit mal?—No he prestado particular atención a este fenómeno.—¿Duran mucho los ataques?—Pregúntaselo a mi abuela.—¿Has conocido mujer?—No.—¿Sientes deseo de hacerlo?—No he sentido tal necesidad.—Comprendo.Indudablemente, los otros médicos que habéis consultado os han explicado que muchas enfermedades, la vuestra entre ellas, están causadas por un desequilibrio en las cualidades de los humores y que es la misión del médico el restablecer ese equilibrio.El petit mal surge cuando los humores están fríos, espesos y húmedos.Por consiguiente, un clima cálido y seco, junto con alimentos suaves y ligeros, y drogas que producen efectos de calor y sequedad, son beneficiosos para aquellos que sufren esta dolencia.—¿A qué alimentos secos y cálidos te refieres?—Nueces, higos, almendras, jengibre, y una abundancia de hierbas y verduras.—Odio las verduras.—No las odiaréis cuando el propio cocinero del califa os las prepare.—¿Es que vamos hacer venir a Pamplona al cocinero del califa?—No, señor, vos vais a venir conmigo a Córdoba.—¡Por Jesucristo y los doce apóstoles, mi abuela tenía razón! Eres el más descarado e insolente de todos los médicos que hemos sido tan insensatos en consultar.¿Cómo puedes tener la temeridad de sugerir que me entregue a las garras de Abderramán?—Señor, permitidme que me explique.Sois aún un hombre joven y tenéis una excelente probabilidad de curaros por completo, si se os cuida ahora de la manera adecuada.La cura que sugiero supone, en primer y más importante lugar, un cambio de clima y en segundo, un régimen diario que yo personalmente determinaré.Si observáis estas dos condiciones, vuestra salud volverá gradualmente a la normalidad.Córdoba disfruta de un clima idealmente adecuado para la condición que os aflige y es allí, en la gran farmacia del califa, donde las drogas que requiero para vuestro tratamiento están disponibles.—Pero lo que no has mencionado es que tu prescripción facultativa me convierte en un rehén real en la corte de mi mortal enemigo.—Todo lo contrario, señor.Hoy en día vuestros mortales enemigos son Ordoño IV y su aliado castellano, el rebelde Fernán González.Son ellos y no Abderramán, los que os han usurpado el trono.Como rey, pronto aprenderéis que los enemigos de ayer pueden ser los amigos de mañana, si compartís con ellos un interés común, por transitorio que sea.El califa tiene un poderoso interés en restableceros a vuestro legítimo trono.Como sabio gobernante, debéis explotar esa situación en ventaja propia.—¿Y convertirme en una marioneta en las manos de mi protector musulmán?—Perdéis de vista un hecho vital, señor.Aunque el califa demandó tributo de vuestro reino, nunca reclamó soberanía sobre él.Como tampoco ha tratado de convertir a vuestros súbditos a la fe musulmana, ni colonizar vuestros territorios con colonos árabes o beréberes
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