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.A Milisant tal vez le hubiera encantado conocer al rey, si no fuera porque la inminencia de la boda la tenía sumida en el pánico.y el hecho de que su padre no hubiera llegado aún, y ni siquiera hubiera mandado aviso de cuándo pensaba hacerlo, no hacía más que aumentar su nerviosismo.Temía que no tuviera intención de asistir a la boda.Le había dado un mes de plazo, aunque a regañadientes, confiando en que bastaría para que ella cambiara de opinión respecto a Wulfric.Sin embargo, si no asistía, surazonamiento sería que ella ya estaba allá y el novio también, los padres del novio no verían razón alguna para que no se celebrara la boda.Al fin y al cabo era lo que todo el mundo deseaba, bueno, todo el mundo excepto ella.y él.La verdad es que ya no estaba muy segura de qué quería el novio.No sabía qué pensar después de que esa noche casi le hiciera el amor en la habitación de sus padres.Eso hubiera terminado con toda esperanza de evitar su unión.Ella lo sabía.Él también debía de tenerlo presente.Además, antes también se había comportado como si estuviera completamente resignado a tomarla por esposa.Puede que aún deseara que las cosas fueran de otro modo, pero era obvio que había renunciado a esperar que algo pudiera cambiarlas.Él podía permitirse la rendición.Al fin y al cabo, el matrimonio no impedía que el esposo buscara el amor, o la felicidad, en otras partes.Sin embargo, la esposa no podía hacer lo mismo si no quería arriesgarse a que la mataran en un ataque de celos o que la emparedaran en una torre por el resto de sus días, y no estaba claro qué era preferible.La esposa no tenía elección.El esposo tenía tantas como él se procurara.Una razón más que ratificaba a Milisant en su desprecio del cuerpo de mujer que le había tocado en suerte.La llegada de Juan despertó de nuevo esas reflexiones en ella.Peor aún, cuando la comitiva de Juan cruzó el rastrillo, ese mismo día, Jhone señaló que la presencia del rey casi hacía obligatoria la boda.¿No había ido para asistir a una boda? No celebrarla a esas alturas.¿Cómo explicárselo sin que una de las dos familias quedara en el ridículo más espantoso ante el país entero?¿Sería Milisant capaz de hacerle esto a su padre, o a lady Anne, a quien le había cogido tanto cariño? ¿Había otra alternativa? Aceptar al bruto aquel.Aceptar que, en lo sucesivo, toda su distracción consistiría en convivir con un marido que hallaba placer en contradecirla.No, no podía.Tenía que existir una forma de escapar a los grilletes que la estaban esperando.Esa misma noche, antes de la cena, presentaron oficialmente a Milisant a la pareja real.Jhone supervisó personalmente que se vistiera de un modo acorde a la ocasión.La incómoda cotardía y la camisola de rico terciopelo azul real que llevaba eran tan pesadas como la amenaza que se cernía sobre sus hombros.Además, la reina elogió la belleza de ambas -presentaron a las dos hermanas juntas- y al menos eso halagó a Jhone.La reina era de una belleza imponente.Se rumoreaba que era una mujer de una belleza sin par, y descubrir que el rumor era cierto era desconcertante y dejó a mucha gente boquiabierta, pasmada ante su lozanía.Incluso Milisant, que no reparaba en ese tipo de cosas, se mostró impresionada.Aunque también la impresionó el rey Juan.Para ser un hombre de mediana edad, Juan era aún muy apuesto, y carismático, con una sonrisa simpática y contagiosa que se dibujaba en sus labios a la menor ocasión.Resultaba difícil creer que tuviera a medio país en su contra.Aunque, claro, en esa mitad no se contaban las mujeres, pues era bien sabido que Juan resultaba irresistible al estamento femenino.Cabía preguntarse, sin embargo, si seguía siendo el mujeriego que había sido en su juventud, ahora que tenía una mujer tan adorable.Para su desgracia, Milisant iba a tener ocasión de descubrirlo por sí misma ya que, esa misma noche, uno de los sirvientes de Juan la buscó para llevarla ante el rey.El pretexto, por más que innecesario porque nadie discute ni se niega a acatar las órdenes reales, fue que la pareja real deseaba felicitarla en privado por su brillante casamiento.Dado que Milisant consideraba que su casamiento lo era todo menos brillante, estaba comprensiblemente contrariada cuando siguió al criado hasta la cámara del rey.Jhone, conocedora de sus sentimientos aunque no se los hubiera transmitido, la conminó a que se mostrara como mínimo educada, y que tuviera en cuenta que la presencia de Juan significaba que aprobaba su matrimonio.No es que fuese necesaria su aprobación, ya que Nigel había mencionado que el mismo rey Ricardo había dado su bendición a la unión de las dos familias.A Milisant la asistía el juicio necesario como para no ir a contarle sus reivindicaciones a alguien de la reputación de Juan.Era un soberano de quien no cabía esperar que ayudara a nadie a menos que eso pudiera beneficiarse.Era tan conocido que no era necesario ser asiduo de la corte ni estar implicado en ninguna intriga real para haber oído hablar de ello.Por otra parte,1a reina.A Milisant le pasó por la cabeza contárselo todo en confianza.Isabelle era joven y parecía accesible
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